I
La mujer del diente de oro
Queridos todos:
Tras un viaje de casi 20 horas entre vuelo, escalas y demás transiciones aéreas llegué a la ciudad de promisión de este humilde siervo del Señor. He visitado ya unos cuantos lugares del orbe, y mi preferido es este; será porque me gusta la vaina del póker, que diría un amigo mío venezolano. He vuelto a The Palazzo, una maravilla de hotel a un precio que te da la risa si ves la habitación. Aunque bien pensado, a mí qué demonios me esta importando si yo me quedo sólo para dormir. No puedo disfrutar de los 60 metros cuadrados, con tres plasmas y fax…
Bueno, el caso es que, como siempre por estos lares, acudo raudo a la sala de póker del Venetian, y el paraíso del jugador se abre ante mis miopes ojos: mesas y más mesas abiertas las 24 horas del día y con límites y modalidades para todos los gustos. Además, una serie de torneos diarios con una estructura maravillosa y precios asequibles a cualquier bolsillo. Ciertamente, estoy aquí para jugar una serie de eventos de las World Series of Poker (WSOP), que se celebran en otro lugar, el Río, pero la atracción por el lado oscuro, las mesas de cash, es demasiado intensa (poner aquí música de La guerra de las galaxias). Siempre he creído que el mejor póker está en el cash game, sin factores externos que en cierta medida impulsan y amplifican el factor suerte, sobre todo a corto plazo, cosa que sucede en los torneos por su propio funcionamiento, en especial por la subida paulatina de ciegas. Emoción, a raudales y suerte, por arrobas. Pero me voy a dejar de teorizar, que poco o nada me gusta, y voy a contaros sucedidos de estas tierras.
Sabéis -en estas epístolas, en contra de mi costumbre, os trataré de tú- que sobre los descubridores de la tumba de Tutankamón, Howard Carter y su mentor, Lord Carnavon, cayó una maldición. Cuando al bueno de Howard se le ocurrió entrar en la estancia tapiada, conocida como tumba KV62, una leyenda maldecía a los que profanaran el lugar. A lo largo del tiempo, varios de los participantes en la expedición fueron muriendo en extrañas circunstancias. Yo sigo muriendo en extrañas circunstancias, llamadas "bad beat", cuando llevo dos ases en un torneo. Me apunto a uno de 2.000 dólares de entrada, con 500 participantes y más un cuarto de kilotón para el primero. Cuando quedamos casi 150 y tengo un poco menos de fichas que la media engancho American Airlines (dos asazos) en el botón. Subo antes de las cartas comunitarias, y la pequeña ciega me envida por un resto que es un poco más que el mío. Se trataba de una jugadora brasileña, practicante de voley playa. La señorita en cuestión tenía dos damas, entre otras muchas cosas bien puestas, y al bueno del crupier no se ocurre otra cosa que tirarle una escalera. Como siempre en estos casos, me voy hecho un puma y refunfuñando. Al menos perdí contra un bombón.
Pongo rumbo directo al cash. Y aquí, tocando la bola, como la Roja -¿cómo nos pudieron ganar los americanos?-, me resarzo y encuentro mi juego. Unas notas sobre la mesa y para vosotros: cuidado con los que llevan gorrilla, generalmente hacia atrás; ojito con los que lanzan las fichas con particular pericia y maestría; atención máxima a los de origen oriental y, por último, informaros de las reglas del lugar para no sufrir sorpresas.
Para terminar por hoy, en mi partida tenía a mi izquierda una chinita que tenía más fichas que los Juegos Reunidos, amén de un tacazo de billetes de 100 dólares (aquí se puede tener dinero en la mesa). Además del pelotón yanqui, éramos el menda lerenda, un suizo y un alemán. Pues bien, ella nos pregunta nuestro origen y saca esta conclusión: "Suiza, Rolex; España, zapatos; Alemania, coches". La criatura en cuestión lucía un diente de oro, un peluco del mismo metal y tenía no más de 25 años. Además, jugaba como los ángeles. Peló a la mitad. Mañana, más.
II
Calentamiento global
Queridos todos:
La cosa se pone calentita por estas tierras ya de por sí ardientes: se pueden alcanzar los 45-46 grados Celsius, que no Fahrenheit. La sala del poker del Venetian anda con una media de un par de trifulcas por día. La más gorda la protagonizó ayer un jugador en un torneo. Pasadas unas ocho horas de juego el interfecto se ve metido en una situación con otro de los participantes en la que parece que obra de modo digamos que entre pillo y fraudulento. Los restos de ambos contendientes están en el centro de la mesa. Tras veinte minutos de deliberaciones de la dirección del evento al susodicho no le gustó la decisión, y no se le ocurrió otra cosa que poner la mesa patas arriba y esparcir por la sala las fichas de todos los puestos. "¡Seguridad!". Lo sacan de la sala como se merece, es decir, con mucha mano izquierda -en boxeo se llama "jab"-, y el campeonato se detiene durante una hora -que aprovechan que sea la de la cena- para revisar las cámaras y colocar el número exacto de puntos en cada puesto.
Este efecto invernadero que calienta al personal está también afectando al menda lerenda, y no lo digo por las camareras del local, que harían lo mismo que Jesucristo con Lázaro. Las partidas de cash siguen yendo bien; pero los torneítos de lo que pone la gallina son una auténtica pesadilla. El último de la fila ha sido el de 3.000 dólares de entrada texas hold´em sin límite triple oportunidad -el nombre es más grande que la cara de Madof-, en el que, tras penar durante diez horas y quedar 180 de más de 800 participantes, tuve el dudoso honor de ser eliminado por Antonio Esfandiari. Y que conste que me da lo mismo que me eche Esfandiari o La niña de la Puebla. Lo que me fastidia es que me boten. Que me larguen. Que me dejen fuera. Ligo menos que Freddy Kruger. No consigo coger naipe cuando el torneo entra en el momento que hace falta ligue y suerte. Bueno, no desespero. Este negocio es así. Todavía tengo tres tiros: el short-handed (mesa corta) y el evento principal. El tercero me lo pego en la sien. Honor samurai.
Por lo demás, la ciudad sigue maravillosa, como siempre, con una mezcolanza de sujetos que sigue sorprendiéndome, casi tanto como las melopeas que se enganchan las yanquis los fines de semana. Eso de "drinks, coctails" gratis funciona. La vida continúa y el jet lag también. Llevo vida de bombero. Hasta la próxima.
III
Nosferatu
Queridos todos:
Ese fue el título de la primera peli de terror de la historia. Nosferatu es el nombre que recibe el vampiro protagonista. Pues bien, la vida que lleva el conde Orlok, que así se llama el maldito, es parecida a la mía. ¿Por qué? Descanso de día y vivo de noche. Pastor, es usted un golfo. No. Es el puñetero jet lag, que como buen acreedor, no me lo quito de encima. He probado la solución final: cervezas a gogó y a dormir la trompa. Nada. Funciona de momento, pero a la larga es peor. Lo que más abunda en las diferentes salas de poker de por aquí son las ojeras. Zombis que vagan de un lado a otro con cara de estar hechos una porquería. Eso de "belleza natural" de Dove, aquí, no funciona. Creo que me estoy transformado, ya que huyo de la luz, no tolero el gazpacho y empiezo a sentir un nosequé y un queseyó cuando veo un crucifijo. Cada vez me atrae más la arteria carótida de las doncellas, cuando antes lo que me llamaba la atención eran otras zonas. Más detalles, visto de negro riguroso y he empezado a balbucear palabras en rumano espontáneamente.
Otra cosa que prolifera son los listillos, generalmente por parejas o incluso tríos. Ojo avizor cuando se siente alguien de ustedes vosotros en una mesa de cash y atentos a gente que no digo que jueguen compinchada, pero sí enamorados. Vamos, que se quieren y se respetan. ¿Me entendéis? Vamos, que nosotros somos el pichón y ellos la parejita de águilas de Harris; que me ha dicho mi amigo Ernesto Serrano, experto cetrero, que son las únicas rapaces que cazan en grupo. Pues estos pajaritos, lo mismito.
Otros especímenes con los que hay que tener atención suprema son los orientales. Cuando yo era chiquillo, que ya tengo más años que la orilla del río, recuerdo una suerte de coplilla que decía: "Los chinitos de la China, cuando no saben que hacer, tiran piedras a lo alto y dicen que va a llover". Pues bien, como los tiempos cambian que es una barbaridad, ahora lo que hacen no es tirar piedras a lo alto, sino fichas en el centro de la mesa de poker. Y no vean las que preparan. Es más difícil ganar a uno de estos que a Phil Ivey. Son duros como diamantes. Por hoy, os dejo. En la próxima haré un especial sobre las titis del lugar, que merecen capítulo aparte. Me voy a meter en el sarcófago, que comienza a salir el astro rey.
IV
Las venecianas
Queridos todos:
Como es bien sabido, la amplia oferta cultural que ofrece Las Vegas incluye visitas guiadas a locales donde señoritas ofrecen una serie de servicios de masaje que van desde las manos hasta otras zonas del cuerpo más agradecidas. Pero vamos a dejar de lado estos centros de ocio y esparcimiento -sobre todo esto último- y a fijar nuestra casta, pura y no maliciosa atención en las camareras y demás damas que encontramos en los diferentes hoteles, casinos, restaurantes, discos y demás garitos de esta bendita ciudad. La verdad es que la densidad de maciza por metro cuadrado en esta parte del desierto de Mojave es alta. De todo credo, raza y condición, y alguna, espectacular. A destacar que los fines de semana el prototipo anglosajón de rubia con ojos azules se engancha unas merluzas, que ríanse ustedes/vosotros de un pub irlandés en Kerry. El final de la noche es ser arrastrada por las amigas que mejor se mantienen en pie a la habitación a dormir la mona.
Pero vamos al grano. De los varios casinos que he visitado, sin duda, y por goleada -como España antes del gatillazo con los USA-, ganan las camareras del Venetian. La más fea de ellas sería miss Portugal. Algunas son auténticas bellezas. Hay una mexicana que atiende al nombre de Rosa, que merece una ranchera, y hasta un corrido. Y lo que quiera ella que le canten. No sé que demonios hace aquí y no desfilando en Milán. Una morenita de Barbados llamada Joe es la típica mujer por la que perderías la cabeza, si es que la tienes. Yo tengo suerte, ya que la perdí hace años. Así que me salvo. También está Myasu, con sangre vietnamita y checa al cincuenta por ciento. No doy más detalles y se lo dejo a su imaginación. Si bien las hay más o menos bellas, que de todo hay en la viña del Señor, en su mayoría son simpáticas y con la sonrisa a flor de piel. Además tienen una especial habilidad para ir cargadas con una bandeja de bebidas a tope y sortear obstáculos sin que la cosa se venga abajo. Y toditas embutidas en una especie de corpiño con minifalfa.
Bueno me bajo a la sala de póker, por supuesto del Venetian, a echar unas manitas. Y ya que tengo menos futuro con el naipe que una gallina en Haití o Zapatero en Wall Street, por lo menos veo a Rosa y a Joe y a Myasu. Té, mucho té con limón, que es amargo como una garimba y no te nubla la mente.
Que me perdonen las lectoras por no hablar de los macizos, pero es que de tíos, por el momento, no entiendo.
Saludos,
JM.





