Con mayoría local en el evento, el póker es una auténtica fiebre en Italia, con multitud de clubes inundando las ciudades. Los jugadores italianos se dividen en dos categorías: o Pirlo o Materazzi. Es decir, o artistas capaces de lo mejor o una cohorte de legionarios de la antigua Roma que forman en tortuga y no hay manera de meterle mano a las fichas. Ríanse ustedes del famoso autobús de Maguregui. Hemos dejado de lado a los transalpinos que no somos capaces de catalogar, ya que su juego es indescriptible y sólo con una dosis de belladona seríamos capaces de ver la luz y entenderlo.
Sin embargo, la mayoría de ellos practican un juego muy cerrado y, en cierto modo, muy previsible y medroso, que hace que en las últimas fases sólo con una gran cantidad de suerte y manos fuertes de inicio puedan hacerse con el triunfo final, como le ocurrió a mi amigo Salvo Bonavena cuando ganó en Praga la temporada pasada.
A destacar que parece que estamos viviendo un resurgimiento del juego nórdico, aunque en su vertiente moderada, con varios de ellos metidos entre los 20 primeros y dos en la mesa final. Como nota curiosa, ningún norteamericano en estas posiciones. Para terminar, sólo seis españoles y ninguno en premios…





